Jueves, 26 de marzo. Decimoquinto día de encierro. Lo anormal comienza a ser costumbre. La tranquilidad de estar en casa y no echar de menos el aire de la calle, que la televisión hable de muertos como el que da clase de la asignatura Estadística I en la Facultad. Se está trabajando para deshumanizar al muerto. Persona vs. número. Un muerto, hoy en los medios, no es una persona, es un número, una tendencia, una fría curva, un pico. Solo tocamos a los muertos cuando son famosos. El resto, no existen. -Lee Ni una lágrima-
Tampoco existe la prensa libre. Y generalizo porque las excepciones están contadas con los dedos de una mano. Al que intenta investigar, denunciar, opinar, se le señala con el dedo y se le dice que no es el momento. Tú, callado. Hay un discurso fabricado, hay unas imágenes que hay que enseñar, hay mensajes que lanzar. ¿Desde dónde?
No hemos visto llorar a nuestros muertos. No hemos visto romperse de dolor a unas familias que, probablemente aún shock, hayan sustituido las lágrimas por la rabia de no saber dónde están sus muertos. Porque no lo saben. Terrorífico. No hemos visto el duelo, ni siquiera al presidente del Gobierno que no tiene dignidad ni para quitarse esa corbata roja que apesta y lucir luto por 4.145 compatriotas caídos. Ni una lágrima. Las únicas imágenes que vemos son las de la policía en las calles, la de las personas confinadas, la de las multas por saltarse el confinamiento, las de las desinfecciones. El Nodo. La cadena única. Aló, Presidente. Para ver el caos que se vive en un hospital, hay que rebuscar o hay que escuchar a un enfermero amigo que llora de impotencia cuando termina su turno. Nada más. La realidad que vemos en televisión es otra completamente distinta.
Hoy, hemos presenciado dos hechos bochornosos que deberían suponer la dimisión en bloque del Ejecutivo. Si el Gobierno fuese una empresa, hoy habría muchos altos cargos en la calle. Vamos, lo normal. Lo lógico, pero la lógica no se impone en política. En política no echan a nadie. Solo se van cuando asoma en el horizonte el penal del Puerto II. La política es un nido de vagos y maleantes que jamás hicieron otra cosa y que jamás harán otra cosa.
La primera imagen vomitiva se dio anoche. José Luis Ábalos, Macario, un títere con panza, se reía a pierna suelta en un Congreso semivacío que debatía a altas horas de la madrugada la prórroga del Estado de Alarma. ¿De qué te ríes, Carbonerito Chico? ¿De verdad que hay algo que te puede hacer gracia en este momento? A lo mejor que se ha dejado de hablar de tu “affaire” con Delcy y eso te deshueva porque nos lo vamos a tragar. Escoria. Eso sí, ahí está la Fundación para ponerte en el callejón y descojonarse con los patronos, a los que llamaste casposos, por cierto. Hijo del cuerpo. Porque eres hijo de torero pero como tienes la dignidad justa para levantarte por la mañana, eres capaz de insultar y luego pedir perdón. Lo que sea para mantenerte ahí. Ya lo dijiste bien claro: “Yo vine para quedarme, a mi no me echa nadie”. Y lo estás cumpliendo.
Como la gestión de esta crisis está siendo de pandereta, pocas horas después otra noticia superó a las carcajadas de Ábalos: España compró 9.000 test rápidos inservibles. China advirtió que ese proveedor no estaba homologado pero, ¿qué más da? Pedro Sánchez mintió en sus comparecencias del viernes y del sábado -como las apariciones marianas del Palmar- cuando afirmó que todo los tests que vendrían en los próximos días eran fiables y estaban perfectamente homologados. No dice la verdad ni al médico. La embajada china nos puso la cara colorada a los españoles en un comunicado en Twitter en el que decía que el fabricante (Shenzhen Bioeasy Biotechnology) no figura en la lista de proveedores del Ministerio de Comercio chino ni tiene homologado el producto en el país asiático. El esperpento.
Esto empezó como un diario personal pero los acontecimientos me obligan a dejar constancia de las tropelías que se están cometiendo. No las olvidemos.
Por fin llegó la compra
Eva, como cada día, estaba preparada para salir al balcón a las 8 en punto cuando sonó el timbre con los primeros aplausos. “La compra”. Una semana después, Aleluya, Aleluya, llegó el pedido. Y, ¿ahora qué? El repartidor, bendito, iba abriendo cajas y dejándolas en la puerta. Lo primero los guantes y las bolsas a la terraza. Parecía aquello el Mercado de Abastos en hora punta. El camino de la puerta a la terraza parecía que iba con una bomba atómica entre las manos. Toda precaución es poca pero se nos está yendo un poquito de las manos. Agua y un chorrito de lejía. Lo primero es lo frío, así que a limpiar cada envase para luego meterlo en la nevera. El resto se queda en la terraza hasta mañana. ¡Que no llueva! También faltan cosas que estaban en la lista y que han cobrado. Me parece que los supermercados están haciendo el agosto… Y, por supuesto, después a la ducha como si me tuviese que espulgar. Esto es así. Ya no se si se me han quitado las ganas de salir o el show que hay que formar para salir y entrar.
Un día más, un día menos. La gran noticia de hoy es que han dado de alta a la madre de una amiga. Ahora queda su padre que va a tener fuerza para ganar esta batalla. La batalla del maldito coronavirus. La risa de Ábalos me hace llorar. Me duele, no la entiendo. Se están muriendo, joder.
Diario de un Confinado I. El coronavirus y la igualdad.
Diario de un Confinado II. Lola, Manolo, Litri y una dorada de bandera.
Diario de un Confinado III. Un cajón desastre.
Diario de un Confinado IV. Oda al teletrabajo y al sofrito.
Diario de un Confinado V. La normalidad es un milagro.
Diario de un Confinado VI. Unas cañas virtuales.
Diario de un Confinado VII. Un mitin en prime time.
Diario de un Confinado VIII. Hospital de guerra.
Diario de un Confinado IX. Sin decir adiós.
Diario de un Confinado X. La mandanga del «Caña».
Diario de un Confinado XI. La vida en una enfermería.
