Valderrama: una antología de la copla

Si hay un mal endémico en España es que, cada vez que intenta hacerse la moderna, lo hace sin mirar atrás, renunciando a su pasado. Olvidándolo e incluso repudiándolo. Así le ocurrió a la copla: cuando intentaron matarla, sobrevivió como una llama viva que, cada cierto tiempo, resurge de entre sus cenizas. Porque la copla es del pueblo: el pueblo que toma una canción y la convierte en popular; el pueblo que venera a un artista al que deja entrar hasta la cocina de su casa. Aquí no hay industria musical ni guapos prefabricados: el pueblo soberano elige a sus estrellas.

Hoy, rendir culto a la copla es también respetar a nuestros mayores, a quienes el mundo del espectáculo ha ido abandonando por lo que dictan los mercados y las plataformas. Una generación de cantantes que hizo felices a nuestros padres y abuelos, que no tenían medios para ir al Teatro Calderón, al Pavón o al Villa Rosa, pero que vivían pegados a la radio para volver a escuchar aquello de “Rocío, ay mi Rocío”, que compuso Rafael de León, musicalizó Manuel López Quiroga y dramatizó Antonio Quintero. Porteras y modistillas marcaban el siguiente éxito en sus propias gargantas mientras sacaban adelante el día a día.

Hoy fue un día hermoso para dignificar la copla. Juan Valderrama ha creado un espectáculo brillante que recorre la columna vertebral de la copla a través de intérpretes, autores y, por supuesto, canciones. Historias de la copla se llama la función, que es en realidad una antología magistral, sostenida entre nombres y anécdotas de alguien que lo ha mamado en casa. Y eso se nota. La sensibilidad y la dulzura con que se cuenta, con pasión, con dolor y con gracia. De Estrellita Castro a Carlos Cano. Desde los orígenes con Suspiros de España hasta la modernidad de María la Portuguesa, que parece eterna y, sin embargo, fue compuesta hace apenas cuarenta años.

La copla, a la que muchos tildaron de hortera y casposa, de la que renegaron generaciones fascinadas por modas yankees o europeas, refleja lo más crudo de nuestra historia. El regreso del exilio de Ángelillo, el jilguero de Vallecas, una voz prodigiosa que sonaba en cada verbena y en cada casino de pueblo. “Camino verde, camino verde que va a la ermita”, en ese tiempo en que las parejas bailaban agarradas lo que la decencia permitía. Pero aquella España ya no era la misma que él recordaba. Argentina también acogió a Miguel de Molina, que huyó de una muerte casi predestinada en lo que hoy es Plaza de Castilla. Aceite de ricino, patadas… y, aun así, un hilo de vida sostenido en la garganta para cantar “Bien pagᔓOjos verdes” o “Triniá”.

Valderrama maneja el pulso escénico con precisión. De Lola Flores a  Lolita Caballero, más conocida como Dolores Abril, su madre, emerge una historia de amor que comenzó cuando, con ocho años, recibió una foto dedicada por Juanito Valderrama y la conservó hasta el último día. Su hijo ha logrado algo difícil: dar un giro a las coplas de siempre. Suena a Valderrama padre —ese seseo inconfundible, esa forma limpia e inalcanzable de llegar a la nota—, pero ha llevado la copla a otra dimensión: actual sin perder los mimbres que la hacen eterna.

Las mayores ovaciones espontáneas llegaron con los artistas a los que el pueblo otorga la categoría de soberanos. Y ahí, el rey es y será Manolo Escobar. Sus canciones acompañaron a varias generaciones, rescató temas olvidados y los devolvió al número uno. Teatros, conciertos, películas. No se hizo justicia con Manolo en el final de su vida ni se ha sabido estar a la altura después de muerto. Y, sin embargo, Manolo Escobar sigue haciéndonos felices.

Como hermoso fue el recuerdo de Antonio Molina, ese trío de ases junto a Valderrama y Rafael Farina. Hubo rivalidad, sí, pero mandó el compañerismo. Cuando Antonio estaba olvidado, cuando el gorgorito ya no sostenía aquella profundidad, fue Juanito quien lo rescató en uno de sus montajes musicales. Sobrevivieron así a la dureza de los años ochenta, cuando España miraba a la Movida y quienes habían estado en el Olimpo regresaban a la vida de comediantes, de pueblo en pueblo, con su roulotte.

El juego de luces es magnífico. El teatro, en absoluto silencio. Volvió a sonar La Campanera como himno de una España que se nos ha ido. Joselito, de niño pródigo a juguete roto. Cierras los ojos y te imaginas en aquellos colmados donde se cantaba en los cuartos cabales, o en el Calderón, templo de la copla por antonomasia. Suena a copla de verdad. Y entonces aparece Manuel Alejandro, heredero de la tradición de Rafael de LeónOchaíta, PenellaJosé Padilla y Juan Solano, para llevar la copla a otra dimensión. De ahí nacen canciones inmortales como “Señora”“Como yo te amo”“Se nos rompió el amor” o “Mi amante amigo”. Y, junto a ellas, la mujer que revitalizó la copla cuando muchos la daban por muerta: Rocío Jurado.

Hacía tiempo que no veía a un teatro entero en pie para despedir a un artista. Pero aún faltaba algo. Valderrama por Valderrama. La luz volvió a encenderse y apareció el sombrero de ala ancha que llevó por medio mundo Juanito Valderrama. Erudito del cante jondo, dominador de todos los palos, pero también innovador: cambió el flamenco puro por la canción española cuando aquello era un sacrilegio. Después vinieron todos los demás, cuando el camino ya estaba abierto por aquel genio de Torredelcampo.

Dos horas que se fueron como un suspiro. Un espectáculo que devuelve la fe en que todavía se pueden hacer cosas grandes desde el amor profundo a la copla. No den a la copla por muerta, señores: la copla está más viva que nunca en nuestros corazones.

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