Yayi, la huella imborrable de un hombre libre

Todos los sotillanos que íbamos a Las Ventas por San Isidro teníamos una consigna inamovible: “Quedamos en el bar del uno”. Aquél no era un punto de encuentro cualquiera. Allí, en el rincón de la cabecera de la barra, nos esperaba un hombre de camisa blanca y vaquero claro, pelo níveo y sonrisa perpetua. Con el tono atildado y la pícara inteligencia del nacido en el campo que supo hacerse a la ciudad sin perder una gota de su esencia, aguardaba tío Yayi, siempre dispuesto a descorchar una botella de manzanilla para cualquier paisano que se acercara.

Generaciones enteras —abuelos, padres y nietos— han pasado por el rincón de Yayi después de una tarde venteña. “Ahí está Yayi”, decían todos, señalando aquel primer sillón de la delantera preferente. Meseta toril. Un abono privilegiado. Si la tarde había sido para olvidar —como tantas— allí esperaban el vaso de chupito y la botella fresca para mitigar las penas; si había sido tarde de triunfo —y más aún de los suyos: Curro, Paula o ahora Morante— la celebración tenía garantizado el amanecer como testigo.

Santiago González, Yayi, con nombre, apodo y porte de torero bohemio, fue doctor cum laude en amistad, una amistad que cultivó con una generosidad mítica. La tertulia de La Filoxera reunió bajo su batuta a lo más granado de la sociedad, el toreo y el flamenco; y su viña de Sotillo era el eje del tiempo en un pueblo con necesidad, pero donde ir a jornal con Yayi siempre era una alegría. Dicen que no habrá ya fiestas como aquellas de hombres, con la banda de Guadamur entonando un eterno pasodoble. O su retiro del Furaco en el corazón de Sotillo, entre olivos y cante jondo, banda sonora de una vida que exprimió siempre a su manera.

Aficionado cabal, conversador ágil, consejero sabio. Tío Yayi reunía las cualidades de los hombres de antes, de los que se nos van yendo, piezas únicas, joyas irremplazables. Con su ausencia perdemos un patrimonio humano de valor incalculable. Los que nos quedamos hace tiempo que renunciamos a vivir con la libertad con que vivió tío Yayi, porque él —y sólo él— supo hacerlo siempre a su manera.

Las vueltas de la vida. Hace unos meses nos dejó, con más de cien años, su inseparable Tomás, su escudero, su Sancho Panza. El destino quiso que le tomara una corta ventaja, la justa para prepararle el camino ahí arriba. Para arreglarle la primera fiesta y dejarlo todo a punto. Porque hay amistades que no entienden de carne ni de tiempo. Y ése, quizá, sea el mayor legado de tío Yayi.

𝐏𝐫𝐞𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐮𝐧𝐚 𝐛𝐮𝐞𝐧𝐚 𝐭𝐞𝐫𝐭𝐮𝐥𝐢𝐚 𝐲 𝐣𝐮𝐞𝐫𝐠𝐚 𝐟𝐥𝐚𝐦𝐞𝐧𝐜𝐚, 𝐘𝐚𝐲𝐢, 𝐪𝐮𝐞 𝐚𝐥𝐥𝐚́ 𝐚𝐫𝐫𝐢𝐛𝐚 𝐨𝐬 𝐞𝐬𝐭𝐚́𝐢𝐬 𝐪𝐮𝐞𝐝𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐥𝐨𝐬 𝐦𝐞𝐣𝐨𝐫𝐞𝐬.

4 Respuestas a “Yayi, la huella imborrable de un hombre libre”

  1. Gran y merecido homenaje a Santiago Gonzalez Carral, alias Yayi. Un hombre irrepetible con un gran corazón, alegre y con un sentido de la amistad que no tiene comparación.
    Tomás fue también un gran hombre, un compañero excepcional y como un padre para Santiago.
    En el Cielo ya hay dos estrellas más que iluminan desde lo más alto a los sotillanos, que os tenemos en el corazón.
    Muchas gracias Marcos por tus bonitas y sentidas palabras dedicadas a personas que son irrepetibles.

  2. No podía ser más bonito, el y este homenaje.
    Un beso fuerte y un brindis por Yayi

    De una veterinaria de Sotillo que le quería mucho y siempre se acordará de él

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