A Moncholi, maestro

Cierro los ojos y lo recuerdo como si fuera ahora mismo.

Un 15 de agosto cualquiera. El calor sofocante de la canícula no era excusa para faltar, año tras año, a una plaza portátil que siempre se llenaba hasta la bandera. En el ruedo, un pedazo de toro. En el cartel, tres toreros humildes que, con frecuencia, se batían en un duelo más cercano al de los gladiadores del circo romano que al arte de Cúchares, buscando una tarde que les cambiara el destino.

Y allí, inevitablemente, estaba él.

Un pequeño set de televisión que debía abrirse paso entre la multitud. Cámaras, cables colgando por el tendido, unos cascos, un micrófono… y una voz que lo ordenaba todo.

Para la mirada de un niño de apenas diez años, Miguel Ángel Moncholi se erigía como una estrella del celuloide. De la televisión a tenerlo alcance de la mano en una plaza de toros.

Durante años, mi único objetivo los días en que Telemadrid retransmitía el festejo en Cenicientos era llegar pronto a la plaza y sentarme lo más cerca posible del centro de retransmisión, donde Moncholi y Joaquín Bernadó comentaban lo que sucedía en el ruedo. Sin saberlo, allí empezó todo. Allí comencé a enamorarme del oficio de contar historias.

La gran virtud de Moncholi era su cercanía. Hablaba para todos sin renunciar a nada. Su capacidad comunicativa y su vocación didáctica se entrelazaban para ofrecer al espectador —taurino o profano— las claves necesarias para entender lo que estaba pasando. No imponía: explicaba. Enseñaba sin pontificar.

Y esa pedagogía no se quedó solo frente a las cámaras. Vertebró buena parte de su vida. Moncholi elevó la categoría del periodismo taurino llevándolo a las aulas de la Facultad de Comunicación de la Universidad Complutense, en los años más duros del antitaurinismo militante. Cuando hacerlo no era cómodo. Cuando hacerlo exigía convicción.

Volví a encontrarme con él en la décima edición del Curso de Periodismo Taurino. La ilusión de mi vida. Allí estábamos, como los últimos de Filipinas, refugiados en una discreta aula para no despertar demasiadas suspicacias en la progresía universitaria militante.

Moncholi era el rigor y el orden. Alejandro Pizarroso, la genialidad y el caos. Una dupla brillante que alumbró a toda una nueva generación de periodistas.

Allí conocí a un Moncholi apasionado por la docencia. Y ahí queda el testimonio de tantos y tantos jóvenes a los que ayudó sin pedir nunca nada a cambio.

A mí me enseñó algo que no siempre se aprende en las aulas: que el periodismo taurino no va solo de contar lo que pasa, sino de entenderlo. De saber explicarlo con honestidad.

Que hay que respetar la historia, pero también defender un criterio propio.

Y que este oficio se ejerce con rigor… porque por delante del toro, nuestra vocación es el periodismo.

En la vida hay hombres que nos marcan porque nos hacen crecer, porque nos llevan a lugares que jamás imaginamos alcanzar.

Miguel Ángel Moncholi fue uno de ellos.

Maestro, gracias por mostrarnos el camino, por darnos la mano y empujarnos hacia delante.

Descanse en paz.

Una respuesta a “A Moncholi, maestro”

  1. Pues mira, amigo Marcos, deseo que dentro de muchos años, un joven periodista taurino, cuente algo asi sobre ti. Tu parte para esta historia ya la pones cada dia…el relevo… confio que llegará. Es toreo es inmortal y alguien tiene que seguir contandolo. Un abrazo. Moncholi, descansa en Paz.

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