Piolines y brigadieres

No hay ningún modelo de éxito como San Isidro. Madrid es la única plaza que celebra una feria taurina de un mes de duración sin que haya fiestas de por medio. De la oficina a los toros. Atasco en la M30, apreturas en el Metro, imposible aparcar a kilómetros a la redonda. El reloj marca las siete menos cuarto. «Imposible, hoy me pierdo el primero». Entrar corriendo, subir las escaleras de dos en dos. «Me meo, me meo. Bah, me aguanto y que sea lo que Dios quiera». Y entrar al tendido con el toque de clarín. Un suspiro: «Por fin». Cómo quema la piedra del sol en el culo. -Piolines y brigadieres-.

El éxito comenzó en el año 1981 cuando el gran Manolo Chopera ganó el concurso que, por fin, había sacado la Diputación de Madrid en un momento crítico para el devenir de la plaza. Lo de Berrocal el año anterior da para un novela (o mejor dicho, para una telenovela): suspensiones por falta de toros, toreros que se anuncian sin estar contratados… un escándalo continuo.

Simplemente que volviese la feria a la normalidad, ya era todo un logro. La de 1981 contó con 21 festejos y dos reapariciones de postín, la de Antoñete y Manolo Vázquez. En 1982 llegó la «Corrida del Siglo» con Ruiz Miguel, Luis Francisco Esplá y José Luis Palomar con los toros de Victorino Martín. 1983 lo marcó Paco Ojeda o la cumbre del Niño de la Capea en 1985. El éxito en el ruedo se transformó en una reivindicación para los aficionados que había huido de la plaza. La cifra de abonados con la que llegó Manolo Chopera a Las Ventas era de apenas 5.000 y la dejó en 1989 con un récord absoluto. Increíble. Se dice que la empresa pudo abonar toda la plaza, pero la Comunidad no lo permitió: la gente de menos recursos solo podía comprar entradas sueltas.

1989. Madrid recupera todo su esplendor. Estamos en los albores de una nueva década. Toca mantener los más de 18.000 abonados que recuperó el recordado Manolo Chopera. Las Ventas es ya el mayor referente del mundo y tener un abono para la feria era un tesoro preciado de incalculable valor pero ya se había cumplido un ciclo. La llegada de los hermanos Lozano hizo alcanzar un sueño: un abono de 31 tardes ininterrumpidas. Toresma y, posteriormente Toresma 2, llegaron a organizar durante sus 14 años de gestión, 1166 festejos: 673 corridas de toros, 59 corridas de rejones, 341 novilladas picadas, 54 novilladas sin caballos, 21 festivales, 8 espectáculos de recortadores y 10 cómicos-taurinos.

La salida de los Lozano en 2005 con 18.000 abonados y con el cartel de No hay billetes colgado casi todas las tardes marca el inicio de una crisis que azotaría de forma inmisericorde a partir de 2008. Esta historia la recuerdan: caída en el número de abonados, los casi llenos dieron paso a los tres cuartos y llegan días como hoy, donde los carteles medios que engrosan San Isidro apenas llegan a los 13.000 espectadores donde se ha tocado fondo en cuanto a abonados se refiere.

Al ruedo sale una escalera de Pedraza de Yeltes. En el tendido, el beatificado abonado piensa en el cabrón del jefe que le espera mañana más encampanado que el Brigadier segundo, en que podría haber aprovechado la tarde con el niño o en el chulo de la Moncloa que llama piolines a los que se jugaron la vida en Cataluña cuando los indultados alentaban a la rebelión. Solo por lo de Junqueras, que da el peso para lidiarse en la Monumental de Barcelona (DEP), habría que prohibir el pañuelo naranja.

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