La fugaz ilusión por un torero nuevo

La Feria de San Salvador de La Adrada marca el inicio del bullicio agosteño en el Valle del Tiétar. Es el pistoletazo de salida para fiestas, orquestas, verbenas, peñas, pólvoras y toros. Muchos toros. Porque aquí, la tauromaquia como eje de las fiestas es innegociable.

En este ir y venir frenético de pueblo en pueblo ocurren muchas cosas que acaban olvidadas en un cajón. En el ruedo y en el tendido. Como los tres bofetones con la mano abierta que un paisano le soltó a otro en los albores del cuarto novillo. Tres hostias sin enmendarse, que dirían los cronistas antiguos. Qué forma de sacudir, pero no menos loable fue la forma de encajar. Sentado, sin cambiar el rictus. Las gafas salieron volando, el tipo no se movió. El color del carrillo y la oreja viró al rojo carmín, fruto de la fricción de una mano calentita. Y cuando dobló el sexto, se levantó y se marchó con sus tres hostias bien dadas en todo lo alto. Jesucristo dijo que hay que poner la otra mejilla. Y digo yo: ahí va un cristiano ejemplar.

Las novilladas sin caballos permiten al aficionado ejercer de descubridor de talentos. Algo así como el ojeador del Atlético de Madrid. Y en La Adrada pusimos un nombre: Alejandro Chavarri.

¿Qué remueve a un joven para venirse desde el altiplano, enfundarse un traje de luces y comerse la polvareda de los pueblos españoles en plena canícula? El veneno del toreo debe ser como la fe. No intentemos entenderlo.

Fue en 2022 cuando Alejandro Chavarri tomó un avión en Lima y aterrizó en Palencia. Ni Madrid, ni Sevilla, ni Salamanca. A la vera del mejor románico de Europa se ha forjado un torero con raza y personalidad. En La Adrada lo vimos claro.

Chavarri solventó las incertidumbres que planteó el primero de su lote, de Ignacio López Chaves. Un volteretón tremendo le hizo venirse arriba. A pesar de quedar mermado de facultades, no se amilanó. La intensidad de la faena creció por el mando, la mano baja y la ligazón.

Si en la primera parte vimos la raza y el amor propio del peruano, en el sexto comprobamos su personalidad. Un diamante sin pulir. Esa forma de relajarse, de dejar caer el peso sobre los hombros, de sentir la relajación hasta en el dedo meñique de la mano que no torea. De usar el cuerpo como vía también para llegar al toreo: o lo que es lo mismo, el empaque. Y se tira a matar con el corazón, sin técnica alguna.

Con cada descubrimiento nace una nueva ilusión. La mayoría se quedan en el camino porque, a veces, el momento de un torero es fugaz. Un segundo que vale una vida de recuerdos. Sirvan estas letras como homenaje a quien, como el coronel de Gabriel García Márquez, que no tienen quien les escriba.

La ilusión no se come – dijo ella.
No se come, pero alimenta – replicó el coronel.

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