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Diario de un confinado (XXXV). El patetismo

Sábado, 18 de abril. Trigésimoquinto día desde que se decretó el Estado de Alarma. Sánchez ha anunciado que, al menos, el confinamiento se prorrogará hasta el 9 de mayo. -Lee El Patetismo-.

El Aló Presidente semanal volvió a comerse el telediario. Esta vez, en lugar de interrumpirlo ha decidido contraprogramarlo. En su falta de respeto habitual con la prensa libre, hoy comenzó sus exabruptos a las 20:15 y concluyó sobre las 21:30. Esta vez no se le vio cómodo. El sudor del bigote y el titubeo en algunas palabras leídas del cue delataban cierto nerviosismo. Esta vez, su asesor magnánimo Iván el Terrible le ha aconsejado que de vez en cuando mire un microsegundo el papel para que no se note tanto y que cuando se acuerde mueva hojas del discurso como si fuese de memoria. El ridículo es abismal. Mientras unas veces movía las hojas cada poco tiempo, en otras se detenía durante minutos. El lenguaje no verbal asusta. Como lo de la corbata. La de hoy, negra, tenía unos lunares blancos y rojos ideales para ir a la Feria pero no para honrar a los más de 20.000 muertos que caen sobre tu espalda.

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La noticia, además de la enésima prórroga del Estado de Alarma del que ¿saldremos algún día?, es que el confinamiento se relajará (cada vez que se dice desescalada mueren dos gatitos, recuérdenlo) para los niños. Los más pequeños son los más vulnerables pero las salidas deben ir acompañadas de un plan severo para evitar que se contagien y puedan transmitirlo a sus padres. A un niño de tres o cuatro años no le puedes decir no toque cualquier cosa que se le ponga en medio o que se ponga unos guantes y una mascarilla. ¿Qué sucederá? ¿Lavarse las manos es suficiente? 

Hoy, precisamente, recuperaba unas declaraciones de hace exactamente un mes del ínclito Fernando Simón, sí, uno de esos asesores que dice el Gobierno que se equivocó en su estimación sobre la pandemia pero que sigue poniendo la cara y el cazo. “Ni debes dejar los zapatos fuera de casa, ni debes comprar guantes”. Y La Sexta añadía: “Simón desmiente bulos”. Ya sabemos lo aficionados que son para catalogar como bulo exactamente lo que les interesa.

Precisamente, Simón y el ministro-astronauta Pedro Duque han tenido un encuentro con niños para responder a sus preguntas. El momentazo llegó cuando Duque, que a veces parece que sigue en la luna, la ha liado al mostrar cómo hay que ponerse la mascarilla. Vamos, ha hecho todo lo que no se debe hacer. La realidad es que estamos en estas manos. O las imágenes de la menestra Yolanda Díaz, la de los niños van a saber ya lo que es un ERTE, comprando en un Mercadona sin guantes ni mascarilla. Cada día es un encuentro con el patetismo. 

Show en el supermercado

Lo de ir a la compra es una odisea. Ya lo hemos comentado algún día. Procuro ir lo menos posible, no solo por respetar el confinamiento -que también- sino por la incertidumbre que da el miedo a lo invisible. A las dos de la tarde, he bajado al supermercado con la idea de que no habría nadie y todos debieron pensar lo mismo que yo. La lista era sencilla: verdura y fruta a la espera de una compra online que llegará el jueves. Casi una semana a base de melocotón en almíbar y botes de piña en su jugo, qué jartura. Pero… el carro ha vuelto lleno hasta las cintas.

Lo de pesar la fruta es una pesadilla. Primero la maldita bolsa. Señores dueños de supermercados, pongan solución a las bolsitas porque es materialmente imposible abrirlas con guantes. Parecía que estaba intentando hacer fuego, rascando mano con mano. Cada vez más fuerte… y la que se hacía fuerte era la bolsa que no se abría por más dioses que echase por la boca. Y luego pegar la etiqueta en la bolsa. Siempre, siempre, siempre se queda pegada en el dedo y cuando tiras de la etiqueta te llevas el guante o un trozo del dedo.

Otro momento de tensión llega en la caja. Las cosas en la cinta, voy más rápido que la cajera, no hay sitio para más. Una cosa sobre otra para intentar avanzar rápidamente. La gente empieza a hacer cola y, como hay que dejar más de un metro de distancia entre cada persona, veo que estoy armando una cola que llega hasta la carnicería. Por fin empiezo a meter cosas dentro de las bolsa. “Dame cuatro, de momento”. Frío con frío, botes con botes… Eso al principio porque empieza la avalancha de productos y ya no sabes en qué bolsa va cada cosa. “Dos más, por favor”. El agobio llega en el momento que me pregunto cómo voy a ser capaz de transportar la mercancía. Solo tengo dos manos… Qué barbaridad. “Otras dos bolsas”. Cómo sería mi cara que me preguntó la cajera: “¿Has venido en coche?”. “Que va, andando… venía a por dos cositas y ya ves… se me ha ido de las manos”. “Mejor llévate el carro”. Bendita solución. Las bolsas al carro. ¿Solución o problema?

Del supermercado al portal. ¿Y ahora qué? El carro en la puerta, la puerta cerrada, yo intentando acceder sin tocar nada. Abro pero la puerta no se queda abierta. ¿Y cómo meto las bolsas si hay un escalón y la puerta se cierra pero tengo que tocar lo menos posible? Al cielo con el carrito y para dentro. Qué show. Por fin pude meter todo en el ascensor y subir. Una berenjena por el suelo, un pimiento volando… De algo tendremos que morir… Una vez en casa la misma incertidumbre de siempre. Ropa a lavar, Marcos a duchar. Y todos los productos por una manita de agua y lejía. Cuando me senté pensaba que había hecho una Titan Desert pero de las duras de verdad.

No vuelvo a salir de casa aunque levanten el confinamiento.

Diario de un Confinado

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