Juan Ortega Valdemorillo

Un café en Valdemorillo

Valdemorillo tiene algo de rito y de peregrinación. Cuando más largo se hace el invierno para los aficionados a los toros, el pueblo madrileño se abre como una iluminación. ¡A los toros! Por fin. Los toros con frío tienen su cosa. El toro sale con el pelo del invierno y con un comportamiento completamente distinto que si se lidiara en junio. El torero, sobre todo si la temporada está por hacer, tiene que hacerse valer. Después están los tendidos: mantas, pañuelos, fulares, chaquetas de cuadros, botos (¿botos?) y sombreros.

El mundo del sombrero tiene su riesgo. De fieltro, mil y una variedades. Y gorras camperas. Hay que tener mucho talento para colocarse bien un sombrero. Los hay bien calados, con su punto justo de inclinación, que dan a la persona magisterio y cierto misterio si cubre la mirada como tiene que hacerlo. También hay al que le cae el sombrero grande o pequeño. Eso es de traca. Un sombrero metido a rosca porque hay que ponérselo. Y el remate es el sombrero con gafas de sol. Eso sí que no hay por donde cogerlo.

Precisamente en el arranque de 2020 en Valdemorillo hizo una temperatura inusitada para lo habitual. Con el frío que hemos pasado en aquella portátil al lado de las chimeneas de las fábricas de loza fina, incluso retirando nieve del ruedo, que dotaba a la cita de personalidad y enjundia. Y llegó a tener una semana de toros, con corridas y novilladas. La nueva plaza de toros de La Candelaria dio comodidad al aficionado, cubierta y con calefacción, pero le quitó algo de su esencia. Alejó al público del ruedo. Este 2020, Valdemorillo comenzaba una nueva etapa de la mano de Nautalia con una feria que nada tiene que envidiar a carteles que podrían darse en San Isidro. Y el público respondió en la apertura, pero en mi fuero interno pensaba, ¿esto es Valdemorillo?

José Garrido cortó la única oreja del festejo

La corrida de Alcurrucén que levantó el telón de la feria tuvo la honra de un buen toro, Afectuoso-168, bravo, con profundidad en la embestida y repetidor. El resto, blanda en líneas generales. Y con una polémica ridícula que surgió en el quinto. El colorado, de buenas hechuras, no era chico pero era gacho. El público se encorajinó, pero ¿no puede salir un toro gacho en una plaza de tercera categoría? Por muy de la provincia de Madrid que sea, por muchos aficionados de Madrid que estén en la plaza, hay que saber dónde estamos. Se podrán criticar otras cosas, pero era un toro acorde a la plaza. Ni más ni menos.

La esperanza la puso Juan Ortega que firmó un inicio de faena al primero, justito de fuerza, tremendo. Doblones enroscándose al toro, con el mentón hundido. Y un trincherazo de cartel. Cuando Ortega torea, el público no sale a pedir cubatas -¡Que vaya vaivén de gente durante los toros para tirarse de cabeza por las bocas de acceso a por un chisme!-. Entrar y salir de la cara del toro también es torear. Y Juan lo borda. Torea cuando va y cuando viene. Todo despacio. Ortega le da enjundia al rito de torear. Y le sale natural. Como quien se toma un café. No de cafetería. Sin prisa. Un café que te sirven, por ejemplo, en el Café Gijón. Mientras lees la columna de Raúl del Pozo. Lo remueves tranquilo, sin mirarlo. Sabes dónde está. Y que todavía está caliente. Lo coges suave y te lo llevas a la boca. Sopla, por si acaso. Pero suave. Y tomas un trago corto. Y lo dejas. Así torea Juan Ortega. Sin afección ninguna. Pero la espada. Ay, la espada. El toreo de hoy es resultadista. 

El cuarto fue distinto. Más bruto, que iba con todo. Como ese café fuerte de bar de pueblo, que es de efecto inmediato. De la barra a la taza -del váter-. Le costó meterlo pero con paciencia hasta que se puso con la izquierda, donde dio un poco de orden a aquel desorden. Otra vez volvió a pinchar con la espada. Y es para preocuparse porque puede llegar ese toro, en esa plaza… la gente quiere… y no se puede escapar.

José Garrido cortó una oreja del quinto I Foto: Espacios Nautalia 360

José Garrido salió muy dispuesto frente al buen tercero. Toreó bien con el capote, sobre todo en un quite por chicuelinas, a las que ha dotado de personalidad propia. Baja la mano y se enrosca el capote y el toro con gracia. Afectuoso-168 tuvo recorrido y duración. El extremeño, al que le hace falta volver a ponerse en el disparadero, firmó una faena bien compuesta aunque quizá le faltó conectar con el público. Por eso, a pesar de una estocada, todo se quedó en una ovación para el toro en el arrastre y para el torero.

El trofeo llegó en el quinto. Tras la polémica del toro gacho, Garrido salió decidido. De rodillas comenzó faena y estuvo entregado durante toda la labor. Cerró también rodilla en tierra por manoletinas de muchos arrestos y, junto a la buena estocada, le sirvió para cortar el primer trofeo del abono.

Cerró el cartel David de Miranda que puso su tarjeta de visita con un quite milimétrico por saltilleras. Quiere torear el onubense en un palmo de terreno y eso tiene sus riesgos según con qué toro. Con el tercero no hubo acople, porque el toro se quedaba debajo de la muleta. De Miranda tiene su camino. La emoción, como surgió en el sexto, donde la espada se llevó el premio. 

Valdemorillo (Madrid). Primera de la Feria de la Candelaria. Toros de Alcurrucén, correctos de presentación. Destacó el buen segundo, ovacionado en el arrastre. El resto, de peor juego.

Juan Ortega, ovación tras aviso y palmas tras aviso;
José Garrido, ovación tras petición y oreja;
David de Miranda, ovación en ambos.

Una respuesta a “Un café en Valdemorillo”

  1. Marcos ya no es lo que era tu todavía eres joven pero era una semana casi cpleta de corridas y novilladas y ahora qué tanta falta hacen las novilladas llega la Multinacional y la quita y que más da a ellos salen novilleros pocos pero todavía hay algún romántico que los sacan,los ofrecen el oro y el moro y se lo quitan para eso no hace falta invertir en novilladas ,nos acordaremos tarde o temprano de las Novilladas y las Multinacionales

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